Por Miguel Ibáñez Ramos Artículo del blog “zen-la-vuelta-al-mercado”

ALCANZAR LA SABIDURÍA puede parecer un esfuerzo recompensado tras un largo empeño.

En la tradición Zen se insiste mucho en que la sabiduría simplemente se muestra y brota cuando quitamos los obstáculos que la impiden. La sabiduría o prajna en sánscrito tiene una raíz “jna” que remite a la experiencia vital, al conocimiento. Pero, en nuestra cultura occidental conocer nos suena demasiado a algo mental. No, no se trata de conocimiento meramente intelectual. En oriente, y curiosamente así lo recoge la literatura bíblica, el verbo “conocer” tiene un sentido experiencial muy intenso, tanto, que sirve para saber de algo, pero también para tener relaciones sexuales y es porque sólo se vive algo de verdad si se experimenta corporalmente.
En efecto, la sabiduría es una forma de experiencia vital. Decimos que tenemos experiencia de algo cuando todo nuestro sistema, cuerpo-mente, se hace eco de algo.
Este hacerse eco es una especie de sintonía, de relación resonante. Puede ser algo agradable o algo desagradable. Puede ser algo intenso en el que se aprecian sensaciones de peligro o de gran placer, o algo sumamente sutil, pero que nos sorprende por su presencia y posibilidad de identificarlo. Algo que nos saca de la rutina o indiferencia y nos coloca ante un momento de lucidez. Eso es experiencia.
La experiencia tiene que ver con una modalidad de conciencia. Tanto en el sentido del “contenido” que se muestra en la conciencia, como en el campo de conciencia que lo contiene y su intensidad.
Ahora bien, en nuestra experiencia prevalece la identificación con el contenido, y nuestra mente, sin darnos cuenta, se va enredando de contenido en contenido saltando de un sitio para otro como un insecto en la red de una araña. Cuanto más movimiento más enredo, cuanto más contenido más movimiento mental y más enredo. Por eso, la sabiduría en la tradición budista se vive como una liberación.
Esta liberación es la razón de toda práctica espiritual. No se trata de alcanzar metas más allá de lo que somos, sino liberar la experiencia de lo que somos de la red que hemos tejido a su alrededor a base de pensamientos que nos alejan de la propia experiencia.
Dicho así parece que se trata de despojarse de todo pensamiento. En efecto algunos autores parece que hablan en este sentido. La tradición contemplativa incluido el zen nunca habla de un “hacer” sino, más bien, de un “dejar de hacer”. El problema es que nuestro sistema está adiestrado en el hacer. Si decimos que se trata de desenredarse del pensamiento, pensamos de inmediato en que debemos “pensar” en “no pensar”. De ahí la gran frustración.
Cuando, por el contrario, soltamos el apego a la idea que tenemos de la espiritualidad o de lo que debe ser, de lo correcto, de la “auténtica práctica” etc. (a esto los maestros zen lo denominan “la pestilencia del zen”) entonces las cosas pasan sin más.
La sabiduría, a diferencia de la cultura o la erudición no requiere esfuerzo. Ya el Shin Jin Mei nos dice: El camino perfecto carece de dificultad. La sabiduría es el florecimiento de la realidad tal y como es que nos incluye a nosotros, porque no hay realidad y yo, sino que si yo existo, o mejor dicho, estoy existiendo, es gracias y a la vez que todo está existiendo ahora. Y al mismo tiempo también cambiando, por lo que no me puedo agarrar a nada de lo que creo ser, ni siquiera al pensamiento de yo soy así.
Este vacío que surge del movimiento permanente de todo, que no se detiene en ningún instante, sino que a cada momento se hace nuevo y fresco nos recuerda lo más hondo de la experiencia humana: la entrega, la generosidad sin límite, sin retener nada, sin esperar nada, sin parcialidad, ni diferencia, sin juicio, sin discriminación.
Si aplicamos esto a nuestra experiencia individual, a todo esto en conjunto lo llamamos amor, pero, lo vivimos en relación a nosotros como ente fijo. Por eso decimos que el amor tiene un objeto: el amado. Este es el amor que normalmente conocemos y del que tenemos experiencia. Unas veces somos amantes y otras amados. Jugamos estos papeles alternativamente. Cuando estamos en uno, no percibimos el otro y viceversa.
La liberación es una experiencia que nos saca del yo y del tú. Del juicio y del amor (así entendido como dual) y por lo mismo también del odio.
La liberación nos muestra que somos (estamos continuamente siendo) ese vacío amoroso, esa presencia constante que no se retiene, que simplemente se entrega momento a momento a una existencia efímera sin guardarse nada.
Sí somos amor, todo es amor, pero esto no es nada pasteloso, ni suenan violines, amor es lo mismo que realidad vacía y sin retención. La forma es el vacío y el vacío es la forma. Del mimo modo podemos decir que el AMOR es el amor y el amor es el AMOR. El grande lo contiene todo, también lo que no entendemos y no nos gusta. Lo que nos gustaría eliminar y todo aquello que nos parece horrible en nuestro contexto personal. Todo está  contenido en la realidad que se vacía a cada instante. Difícil…sí. Seguimos en la red y cuanto más nos peleamos más enredados. Sólo queda no moverse…y zas!!!! la red, sí, también la red está siendo a la vez que lo que llamo yo.
Por Miguel Ibáñez Ramos Artículo del blog “zen-la-vuelta-al-mercado”